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EKATERIMBURGO -- En los últimos días, Javier Hernández a secas, porque parece haber renunciado en redes sociales al legado bautismal y sanguíneo de "Chicharito", entregó dos machetes a la afición mexicana: uno para imaginar y otro para no dejar de hacerlo.

Desesperado, con ojos desorbitados, como si tuviera un corto circuito entre la lengua y -citando a Juan Carlos Osorio-, su cerebro reptiliano, a "Chicharito" se le cae la máscara del "very nice" y suelta su genuino "very noisy" ante David Faitelson en ESPN.

"¡Imaginémonos cosas chingonas, carajo!" y en el rostro de Hernández hay un alivio. Era el parto de su conciencia. La emancipación de su sinceridad.

No sólo dijo lo que quería decir sino cómo lo quería decir y dónde lo quería decir. La ecuación perfecta de un mensaje.

La segunda bayoneta para que la afición mexicana embista los payasos aterradores de sus cíclicas pesadillas mundialistas fue el gol ante Corea del Sur ("Imagínate que ya no tengas que imaginarte").

Y el gol despedazó cualquier muro: de imaginar a alucinar.

Los recatados sueños en blanco y negro ahora tenían tonos pasteles, hasta ese rosa mexicano, evolución bugambilia que aparece en todos los ornatos del folklore mexicano, desde las kermeses hasta los obituarios festivos del 2 de noviembre.

¿Hay alucinógeno más poderoso que un gol mundialista? Es la potestad para continuar en el desmadre vertiginoso de la utopía. Ese ensueño que comenzó cuando el mismo Hernández le dio aquél balón a "Chucky" Lozano ante Alemania.

Vamos, ambos machetes entregados por el ex "Chicharito", en la febril concepción de ambos momentos, implica el mensaje: imagínate que ya no tengas que imaginarte cosas chingonas.

"¡Imaginémonos cosas chingonas, carajo!", exclama Javier Hernández. Y lo dijo en su idioma genuino, con todos esos genes paternos que crecieron en ese barrio bravo y casi segregado de Polanquito, donde su padre tuvo los primeros escarceos con la pelota, sin imaginarse, ni aún en el acto más inconsciente, esas cosas que hoy su hijo llama chingonas.

En lo personal, defiendo el candor del término. Es el mellizo bueno del alumbramiento de la palabra prohibida.

Precisemos: chingón y/o chingona no es insulto, no es un ataque ofensivo, ni siquiera despectivo. Es el lado bueno de la fuerza de una palabra, de un verbo y en México, hasta de una forma de vida que oscila entre la divinidad y el cochambre, entre la exaltación y la humillación, entre el amor al éxito y el amor al fracaso.

Por eso, insisto, "chingona" no es una palabra que deba vetarse, porque no es una vejación, menos ahora que se ha convertido en un estribillo de guerra que ha sido exaltado a la fama como el himno de esa tierra etérea, peregrina y cuatrienal de los mexicanos en la fiesta ajena de los mundiales.

Claro, todo sin excesos.

No significa que por ser el nuevo evangelio del mundo populachero del balompié, según San Chicha, debe convertirse en el maná futbolero. Aunque en la intimidad del juego, se sabe, todo se vale.

Pero, ¿sonaría mal que el maestro, en lugar de una aburrida A+ calificara los exámenes con una "Ch+", de eso que dice Javier Hernández?

En el mundo surrealista del mexicano, más que un pomadoso diploma en latín, preferiría titularse con un "es usted el más chingón de los plomeros".

Es más, que la FIFA entregue a partir de hoy el "MChP" en lugar del MVP y que en la Final, Infantino no plagie el discurso desde la época de Joao Havelange: "Este ha sido el mejor mundial de la historia".

Cierto, sonará raro en inglés, francés o ruso, pero Infantino puede declarar el de 2018 "el mundial más -usted ya sabe- de la historia".

Recuperando el tema de la doble ofrenda del "Chicharito", él mismo lo convirtió en una especie de cofradía o de hermandad en la conferencia de prensa del martes.

"Lo mejor (de imaginar cosas así) es conseguirlas con gente chingona", afirmó, e incluyó al plantel, al cuerpo técnico y al staff, aunque, a menos que este reportero haya escuchado mal -o demasiado bien- parece que excluyó de la condecoración a los directivos.

Insisto, Javier Hernández, finalmente, ha pasado de la hipocresía del "very nice" al "very noisy".

Ayer, su verborragia casi incomodó a Juan Carlos Osorio, mientras el jugador seguía en el tobogán festivo y, a veces rebuscado, de su homilía.

Pero, sin duda, hace falta ya que el seleccionado mexicano salga de esa apoplejía anímica y de personalidad en la que elige vivir, renunciando, en esa comodidad, a la licencia inherente de líder que le confiere ser un predestinado.

Y al final, ante Suecia, quedará claro el valor del mensaje implícito en la ocurrencia de Javier Hernández, ese, el de "Imagínate que ya no tengas que imaginarte", porque entonces el barro de la creación, también le pertenecería ya al futbolista y al aficionado mexicano.

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