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Las dos caras de una victoria
Viñeta Rafa Ramos

Buscando la victoria, Croacia pierde. Evitando la derrota, Francia gana. Y el enaltecimiento de la víctima, es el enaltecimiento del vencedor.

Francia es campeón del mundo con la exquisitez del cazador. Croacia es segundo, con la audacia del conquistador. Imposible medrar ni mediar la inteligencia de uno o la persistencia del otro.

El desenlace, la coronación francesa, no erosiona el colectivo, el equipo, el grupo croata. A la maquinaria perfecta la hacen imperfecta las imperfecciones de sus piezas.

Al final, esta Final de Rusia 2018, el epitafio incómodo del 4-2, tendrá su crónica con señalamientos sobre los asombrosos errores humanos (autogol, penalti polémico, yerro de Lloris), y sobre las consumadas heroicidades del genuino futbolista.

90 minutos bastaron. Francia no desperdició aliento ni músculo: al terminar el primer tiempo, ganaba ya 2-1, pero sólo había hecho un disparo a gol. Los autogoles enloquecen las estadísticas y provocan la bancarrota de los tahúres.

Los estoicos legionarios de la angustia prolongada tenían sin duda espíritu para otros 120 minutos de aquelarre, de hostilidad pura, antes de permitir, esos croatas irremisibles, la certificación de su exterminio. Su alma drena la devoción, si el músculo o el aliento dudan.

¿Mezquino? ¿Pragmático? ¿Ratonero? ¿Práctico? ¿Prosaico? Las piedras lanzadas no alcanzan a abolir ni a abollar la investidura de monarca universal de Francia.

Su ungimiento real podrá ser cuestionado por los métodos. Se sabe, cortesía de Maquiavelo, el fin justifica los medios... y los miedos.

A pesar de la enorme riqueza de sus futbolistas, Francia armó la emboscada y Croacia tiene una legítima lágrima de plata colgando de un pescuezo que debe permanecer erecto, orgulloso, gallardo. Por el honor suyo y por el honor de su verdugo.

"Una derrota peleada vale más que una victoria casual", aseguró José de San Martín. La frase es hermosa, pero tan inútil como un ungüento para este tipo de desenlaces. No hay bálsamo para el dolor balcánico.

Mbappé, Pogba, Griezmann, el triángulo equilátero del crimen perfecto, alcanzan, sin duda, para desarrollar mucho más en un jeroglífico ofensivo, pero las sagradas escrituras según Didier Deschamps, necesitaban el saldo justo de su arsenal, para la gran meta: ser bicampeones del mundo.

Cierto, Mandzukic, el torpedo que aniquiló la armada de la Reina, se calzó el botín de Judas. Después el árbitro Pitana es corregido por el VAR, para que Griezmann instale el Arco del Triunfo en la estrechez del manchón penal. Perisic los salvó de perecer a los croatas y había descontado.

Getty Images

En el complemento, Pogba y Mbappé pusieron ese resuello de talento juvenil en el marcador, para dejar en claro las diferencias de alcurnia futbolística. Y Mandzukic rescataría el caramelo de la ilusión en un error de Lloris, que hoy, ya no se sabe si fue una, auténticamente, metida de pata, o fue un acto de extremaunción para la horda generosa de croatas.

Insisto: nada dignifica más la coronación de Francia, de esta Francia tan joven y dueña de un futuro maravilloso, como la dignificación de su propio esfuerzo, de su trasiego, de su recorrido carne a carne y sangre a sangre por parte de Croacia.

¿El mejor mundial de la historia? Los románticos que vivimos de punta a punta el México 70 como aficionado, el México 86 en este oficio, el Francia 98 y el Corea del Sur/Japón 2002, tenemos derecho a mantener algunas dudas.

No tuvo al Pelé esplendoroso de 1970, ni al Maradona exuberante de 1986, ni tampoco ese concierto de Ronaldo, Rivaldo, Ronaldinho y Cafú de 2002, pero Rusia 2018 sin duda en su conjunto, como país, por su gente, por su paraíso cultural, tiene todo el derecho a meterse al mismo tabernáculo legendario de los otros.

Fue además la conclusión de un bellísimo mundial en un país que develó y desveló, genuina, absolutamente, todas y cada una de las Matrioshkas que le componen, y todas fueron, para turistas, medios, competidores, y para la misma abyecta FIFA, generosas anfitrionas de los óptimos, buenos, malos y peores visitantes.

Para Catar, el desafío está a la altura de la perfección.

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Viñeta Rafa Ramos
LOS ÁNGELES -- La ruta de un posible Balón de Oro que dio sus primeros pasos entre el terror de un refugio y que puede concluir en una cárcel de Zagreb: el itinerario agreste de Luka Modric.

En la realeza de un club, donde la mayoría viste de sonrisa aperlada y frac, como portada de revista, él eligió el atuendo de soldado raso.

A veces, en el Real Madrid es el que zapa la trinchera, y a veces el que zarpa el buque de guerra. ¿Recluta o almirante? El juego mismo le da y le quita galones al eje de Croacia. Cava si hay que cavar y cala la bayoneta si hay que atacar.

Rehúye hablar de la Guerra Civil de los Balcanes, pero con esa sangre multigenética, se ha persignado cada día, cada juego, cada fase de esta Copa del Mundo. "Eso está siempre con nosotros", dijo Modric en conferencia de prensa.

Porque las víctimas de la crueldad bélica no están sólo en su cripta, o en las cenizas, o en el anonimato, o en el obelisco, o en los mausoleos, o en las efigies espartanas de las rotondas. La muerte les ocurre a todos, especialmente a los sobrevivientes.

También ahí, en el hipocampo de quienes sobreviven, en el penacho luctuoso de la memoria, la muerte se convierte en un mercenario recurrente y ocurrente. Modric lo sabe, lo sufre: su abuelo eligió la muerte, para garantizarle la vida.

Actor y autor intelectual, desde ese oficio de caudillo silencioso, de hacer esas cosas maravillosas que otros se imaginan, Luka Modric ha tenido su mejor momentum futbolístico en el mejor momento posible: la Copa del Mundo Rusia 2018.

Precipitada, pero razonablemente, el sufragio virtual -e inútil- de las redes sociales, lo encamina para ser la figura de la gesta mundialista. Cierto, las alforjas de sus contiendas como madridista, ayudan a que los sastres de la opinión pública le corten el traje a la medida.

Como reflejo de una nación bruñida a fuego y fe, de refulgente aparición en casi todos los ámbitos del deporte, Luka Modric da constancia de todos los valores espirituales del competidor genuino, pero, necesariamente, con el requisito de jugar bien al futbol.

No basta ese gen suicida en eterna pugna por ganar, además hay que oficializar en la cancha el amasiato con el balón. De otra manera, los samuráis serían amos de la Copa FIFA.

Este domingo, ante Francia, irónicamente, Luka Modric, disputa el Balón de Oro, con alguien con quien quizás deba compartirlo en el futuro en los parajes gloriosos de la Casa Blanca: Kylien Mbappé.

La victoria final depositará en la urna vanidosa, y muchas veces tramposa de FIFA, el voto final para designar al ganador del Balón de Oro. Modric y Mbappé saltan a la cancha y asaltan al adversario por un doble botín: uno para casa y otro para una nación ansiosa.

Getty ImagesLuka Modric ha sido clave para que Croacia esté en la final del Mundial de Rusia.

Más allá de la epopeya física y fisiología de los croatas, hay un agregado en el caso valeroso de Luka Modric: la amenaza de cárcel por perjurio. Su expediente está abierto con el riesgo de cinco años de cárcel.

Evidentemente, semejante amenaza puede ser, o un acicate o un desafío para el jugador, pero evidentemente no ha sido represor ni inhibidor de sus condiciones espirituales y futbolísticas. Eso ha sido una bendición para Croacia: jugar con la conciencia tranquila.

¿La coronación de Croacia incluye eventualmente el indulto? Popularmente, tal vez sí. Pero sería una medida impopular para el gobierno croata, un peligroso precedente, para una nación que hace del rigor moralista, al menos, su bandera.

Y peligrosa, pero esperanzadoramente también, Modric disfruta de cierta inmunidad o esperanza. Como hada madrina o como chambelán de sus actuaciones, ha estado muy cerca la Presidenta de Croacia.

Protagonista en tribuna y palcos, Kolinda Grabar-Kitarovic, es el punto de referencia peligroso para Modric, porque significa la fragilidad humana del poderoso, pero también la dureza de comportamiento de una forma de gobierno.

Esto, porque la saltarina mandataria ha prometido descontarse de su sueldo los días festivos en Rusia, viajando además en clase turista, pagando sus propios boletos, y sin drenar al erario croata.

¿Puede esperar Modric clemencia judicial después de tantas victorias de impacto nacionalista en Rusia? Tal vez, y sólo tal vez.

Si consigue la Vuelta Olímpica en Luzhnikí este domingo, hombro con hombro con Kolinda, tal vez este posible Balón de Oro termine su ruta, esa misma que comenzó en un refugio en Zadar, en la pinacoteca de hombres ilustres croatas y no en la Crujía 10 de Zagreb.

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LOS ÁNGELES - Son hijos de la guerra. Y sobrevivientes de todas las arpías de la guerra. Una Guerra Civil en los Balcanes, los balcones del genocidio.

Son combatientes con cicatrices profundas, internas, eternas, invisibles, indivisibles. Infancias de trinchera y barricadas.

No hay un ser humano de Croacia que no tenga un cirio encendido: por un amigo, por un familiar... y hasta por él mismo. Cada escapulario en el altar familiar es un obituario. La muerte es parte del reparto genealógico.

Viñeta Rafa Ramos

Y parecerá sacrílego, hasta profano y por supuesto inapropiado citar al dictador sanguinario Josip Broz Tito, para explicar las membranas menos exquisitamente futbolísticas y más poderosamente humanas, de la hazaña de Croacia en esta Copa del Mundo. Y en Rusia. Y en este 2018.

"La voluntad de un pueblo es mucho más poderosa que la fuerza de un ejército. No me interesa cuán grande sea usted, mientras mi voluntad de hierro siga en pie, yo le venceré", vociferaba el Mariscal Tito, mientras desafiaba la veintena de asesinatos orquestados por Stalin.

Sobrevivientes a 240 minutos de fragor, más compensaciones, este miércoles, Croacia desplegó la estrategia básica de la victoria, el heptagrama del triunfo: disciplina, concentración, orden, paciencia, devoción, compromiso y futbol.

Y completada la travesía (2-1) casi monástica de otros 120 minutos, dejaron fuera a Inglaterra, que desde el fortín frágil del 1-0, decidió administrar sus ilusiones de ser finalista de la Copa del Mundo Rusia 2018.

Innegable es que el futbol se gana con sus obviedades. Y con sus misterios. Y con sus inspiraciones. Y sobre sus imponderables. Y con el poder inalienable del individuo. Y con el poder supremo del colectivo.

Pero, claro, el futbol, en la retórica inigualable de Perogrullo, se gana con futbol. Y eso hizo Croacia, pero además, lejos de ceder al peso de la historia, a la gravitación del drama, terminó amamantándose del agobio de semejantes lastres, para fortalecerse.

Luego de gestas impresionantes en las praderas mundialistas, longevas, aparentemente interminables, no hubo un instante, un soplo, un gesto, vamos, ni siquiera, un maldito calambre muscular de renuncia, de rendimiento, de deserción.

"Cuando el músculo duda, cuando los pulmones dudan, cuando el cerebro duda, es que el corazón ha empezado a dudar... entonces, todo está perdido", citaba alguna vez Vince Lombardi entre sus muchos discursos amparados por esa doctrina imperecedera del Segundo Esfuerzo con los Empacadores de Green Bay.

Cierto que Inglaterra tampoco dudó. En ningún momento. Tal vez su debilidad fue desestimar la fuerza de su adversario. Y la paciencia fortalece al débil, porque la impaciencia debilita al fuerte.

En un recital de belicosidad inocua, porque incluso las conflagraciones cuerpo a cuerpo, las libraban en el saludable instante de la jugada, el juego encontró su pasión y su encono. Era una refriega sin rencor, pero sin tregua.

Tras un primer tiempo desestabilizado, Croacia resucitó. Pareció ungirse de sus raíces, de los trasiegos momentos de sus mudanzas y sus tragedias familiares, de la conciencia nacionalista de una sonrisa espartana a cada uno de los que aguardaban en casa o en los retablos de los camposantos.

Y Croacia armó su sublevación. Inglaterra debió entender el viejo refrán: "Cuando fuiste martillo no tuviste clemencia, ahora que eres yunque, ten paciencia", y resistió y trató de sacarse el yugo.

El golazo de Trippier, un bazucazo asesino, pone en distancia a Inglaterra, en el cronómetro de la locura, en el minuto 5. Un disparo al amanecer es casi un acto de traición. Croacia tardó en sacudirse el impacto. Parecía noqueado en el primer tiempo.

EFEPerisic subrayó el carácter mostrado por el equipo balcánico tras encontrarse con un adverso 0-1.

Pero en la segunda parte, el francotirador Perisic, en un embate de alto combate, anticipa con un remate de bayoneta, sobre la cabeza de un adversario. Era el 1-1. Dios salve a la Reina, porque Inglaterra debía luchar por su propia salvación.

En el minuto 109, cuando se suponía que las piernas croatas debían ser piltrafas de agotamiento, víctimas de la fatiga del sobresfuerzo, en realidad el engarrotamiento fue de la zaga inglesa. Como en un museo, ante estatuas blancas, Mandzukic ataca un balón de botes inciertos y lo pesca pegado al poste izquierdo del arquero.

El vuelco del marcador y el vuelco de los temores. Croacia había hurtado el botín. El boleto a la Final de la Copa del Mundo era la ofrenda.

Más que una noche de gloria para Croacia, se convertía en una jornada de glorificación. Los árboles genealógicos retoñaron.

Francia debió recibir el mensaje. No irán contra once croatas, sino contra 22: once vestidos de futbolistas y dentro de ellos otros once con una heráldica genética de combatientes.

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LOS ÁNGELES -- Cristiano Ronaldo recuerda al protagonista de Macario, en la novela de Bruno Traven. No le vendió su alma ni a Dios ni al Diablo. No los invitó a cenar del pavo con el cual se atragantaría lejos de su familia.

Macario sólo convidó a la muerte. Mientras estuviera cenando con él, no podría llevárselo.

CR7 ha hecho lo mismo que Macario: no vende su alma ni a Dios ni al Diablo, y elige ser dueño de su destino, de su propio pavo, porque, sabiamente, elige no ser esclavo de nadie.

Viñeta Rafa Ramos
Arrienda, y ostentosamente, sus facultades, sus virtudes, y en el contrato, claro, van incluidas algunas excentricidades propias de un tipo que ha hecho de sí mismo el prototipo perfecto del jugador de futbol. Y eso cuesta. Y no se vende, sólo se fleta.

El Real Madrid podrá extrañarlo, pero no podrá reclamarle. Cristiano Ronaldo cumplió cada cláusula y cada sueño de la entidad merengue. El matrimonio por conveniencia fue extremadamente prolífico.

De hecho, a pesar de la cabalgata abrumadora de rumores sobre su salida, Cristiano Ronaldo logró una transición perfecta en su separación. No hay lágrimas, ni gritos, ni abogados, ni demandas. Acaso la congoja y la nostalgia lleguen al arrancar la Liga en España.

En el museo de la Casa Blanca la capilla mayor será una ofrenda suntuosa para el jugador más rentable, mediático y ganador en la historia del Real Madrid.

Seguramente de haber permanecido Cristiano Ronaldo, habría peligrado el bautizo del Santiago Bernabéu.

No lo abrumo a Usted con cifras, porque además sus números asombrarían a cualquier corredor de Wall Street, y en ese oficio de fariseo trajeado, querría vender acciones sobre el organismo del futbolista aún candidato al Balón de Oro en 2018.

Mientras en la Juventus se prepara una fiesta de bienvenida sin precedentes, en el entorno madridista hasta el dulzor de la más reciente Champions empieza a rezumar amargura, porque El Bicho se ha mudado en condiciones futbolísticas para un par de años más.

Insisto: Cristiano no cena ni con Dios ni con el Diablo. Su alma le pertenece como retribución intocable de cada minuto dedicado a esculpir, a ser su propio Miguel Ángel de su propio David. La perfección.

Dueño de una fortuna que amparará a sus descendientes hasta el Día del Juicio Final, seguramente a CR7 no lo mueve ni lo conmueve la fortuna que le depositará la Juventus, sino la arrogancia válida, legítima, de demostrar que su vigencia competitiva no depende necesariamente de la glamorosa y gloriosa historia de una camiseta.

Él no tiene el pecho frío por eso opta por atreverse a salir de su sitio de confort. Por el contrario, quiere conquistar, también en otra de las ligas más poderosas de Europa, tras conseguirlo en la Premier y en España.

Escoltado en el ceremonial de una hégira victoriosa por mensajes de sus ex compañeros madridistas a través de las redes sociales, Cristiano desciende de la cúspide del madridismo y se va sin escándalos, sin bochornos legales, sin cláusulas ocultas, o demandas mutuas, como, por ejemplo, la escapada de Neymar del Barcelona.

Florentino Pérez terminó siendo súbdito del jugador portugués. Incluso, el tempestuoso dirigente del Real Madrid, quedó eximido de ataques a tomatazos, al subrayar ambas partes que el mismo Cristiano solicitó la anuencia para una nueva cruzada, con otra bandera y en otro balompié.

Se asocian, además, el amo y señor del Calcio, y el amo y señor de Europa. La Juventus y CR7 sellan un nuevo matrimonio por conveniencia.

Y entre los más entusiastas con la llegada, está, irónicamente, el mismo que dijo "con Messi yo no puedo jugar", pero, resulta, que con Cristiano Ronaldo, sí. Dybala mandó un doble mensaje, una navaja de doble filo.

Y seguramente, con la sacudida más violenta del mercado de transferencias, la Liga de Italia entera rinde pleitesía al atrevimiento de la Juventus, que aún espera rescatar unos centavitos para ir de compras más adelante.

¿Amor a la camiseta? Más allá del romanticismo confuso, lo cierto es que esa relación es de una sola vía. La camiseta, veleidosa, por muy ilustre y memorable que sea, tampoco salvaguarda al futbolista. ¿Iker y Raúl se sentirán correspondidos por todo lo que dieron y la forma en que se fueron?

Por eso, con un par de años, al menos, comandando la elite competitiva europea, Cristiano Ronaldo deja inmaculadamente victoriosa a la camiseta del Real Madrid, pero deja claro, incluso al llegar a la Juve, que él no invita de su pavo ni a Dios ni al Diablo.

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LOS ÁNGELES -- Al final, sólo mereció el Meme de Oro. Él, Neymar, el que al irse Messi sin que se le calentara el pechito, y al irse Cristiano, sin atreverse a subir a su cruz, él, se quedaba con el Mundial a sus pies.

Ya antes del primer soplo arbitral de vida en el Mundial de Rusia 2018, Neymar parecía el inevitable Rey Midas a expensas de que las puertas de Kremlin abrieran sus puertas y le extendieran su larga y afelpada lengua roja de bienvenida.

Balón de Oro, Botín de Oro, Jugador de Oro, Goleador de Oro, Míster Simpatías de Oro, el Catrín de Oro. El Rey Midas, pues. Pero, entre maroma y maroma, como panda en cautiverio, Neymar dejó escapar la galería áurea de la consagración y la inmortalidad.

TATYANA ZENKOVICH/EPA-EFE/REX/Shutterstock
Arropado por un gran plantel que lo idolatraba, por un metódico y versátil trabajo del técnico Tite, Neymar terminó opacando todas sus virtudes, todo ese frenetismo caracolero y goleador, al revolcarse innecesariamente por las canchas de Rusia, como babosa de jardín capeada con sal.

Y fue una lástima. Porque estaba inevitablemente destinado a los altares célebres y divinos de las Copas del Mundo, esos mismos en los que nunca pudieron aparecer ni Messi ni Cristiano. Y se quedó ahí, en el sobrepoblado galerón de las promesas chamuscadas.

A cuentagotas, Neymar dio un recital de todo lo que puede, cuando quiere, aunque a veces quiera tan poco. A México le descoyuntó el espinazo hasta emparejárselo con el esternón, en tres jugadas diabólicas, dos de ellas grabadas en el heraldo del marcador.

Tan sabido era que este debía ser el Mundial de su consagración, de poder arrimarse a los nichos de sus paisanos Pelé y Garrincha, que se decidió a juguetear en lugar de jugar al futbol.

Cuando ya seguramente reposa en una playa, con una dosis generosa de caipiriña, y espera el desenlace de sus escarceos románticos con el Real Madrid, siguen pululando los memes sobre sus trompos lastimeros, simulando que le lesionaron hasta las caries en las muelas del juicio.

Sí, un futbolista tan rico, pero misérrimo como actor. Sus dolencias fingidas son, han sido y serán tan lamentables, que de usar bombín, bastón, un bigotillo hitleriano y caminar como pingüino, podría competir con las escenas de cine mudo de Charles Chaplin.

Porque Neymar simula que llora, y el universo llora de la risa ante las muecas pantagruélicas de sus ridículos.

En ese apasionado desdén, dedicándose a juguetear en lugar de jugar, Neymar aprendió, demasiado tarde, que había desperdiciado la gran oportunidad de instalarse en el museo de los mundiales, con la sexta copa del mundo para Brasil.

Y no sólo fue un acto de desprecio a su carrera, a su futbol, a sus compañeros, sino a ese país que pendula emocionalmente cada cuatro años en torno al balompié, especialmente porque aún supuran las siete llagas que le abrió Alemania, en su propio circo, en el 2014.

Y así como Messi y su pechito criogenizado, y Cristiano, más ateo que nunca, fueron en su momento parte de la hemeroteca creativa de los memes, a Neymar tenía que llegarle su capillita de la burla y el sarcasmo.

Necesario aclararlo: en la profusa flagelación de Neymar, al ser expulsado del Mundial por Bélgica, la diversión vino especialmente de la afición mexicana, pretendiendo explicar su propio deceso mundialista con las pobres artes escénicas de la versión futbolera del Coyote.

El mexicano, que hace cuatro años lamió sus heridas con una colección impresionante de memes en torno a Robben y el #NoEraPenal, ahora pretendió clavar banderillas al toro español que había sucumbido ante el estoque belga.

Y con ese sentimiento de que lo roben, con Robben y Neymar, la afición mexicana sabe que las penas con pan y con memes son buenas, y así encontró en el brasileño la cura a la cruda, así como lo hizo con el holandés hace cuatro años.

Como sea, Neymar desperdició su mejor oportunidad de consagrarse como el mimado de Rusia y del Kremlin, especialmente cuando Messi y Cristiano seguían vigentes.

Dentro de cuatro años, en Catar, seguramente Neymar habrá aprendido la lección, y muchos de sus escoltas actuales en Brasil, llegarán fortalecidos, y sobre todo, más presionados por su afición, luego de dos mundiales lamentables.

Y con este despecho por el fracaso competitivo, Neymar no podrá utilizar ninguna de sus redes sociales, sin encontrarse con la pasmosa y penosa realidad: al Rey Midas, esta vez, sólo le alcanzó para ser el Meme de Oro.

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Viñeta Rafa Ramos

MOSCÚ -- Habida cuenta que se ha desenfrenado, entre la ilusión desmedida y el cachondeo, entre la solemnidad del himno al cambio hipócrita y efímero y el pitorreo calenturiento del momento, habida cuenta de eso, retomemos, entre la pachanga y la formalidad, eso del #ImaginémonosCosasChingonas...

Porque el futbol mexicano ha sido, nuevamente, echado con bochorno de la Copa del Mundo, más allá de que la momificación de su propio desastre, Decio de María, diga que "estoy satisfecho con lo que se hizo...".

1.- Imaginemos que los 14 dueños de equipos (quitando al América y los de la multipropiedad de TV Azteca), hoy, mañana, pasado, se avergüenzan de ser lo que son y de no ser lo que no son.

Imaginemos que esos 14 acomplejados y huidizos armadillos se desenrollan, aún con los conocidas Judas y soplones que pululan entre ellos, y se deciden a dar un golpe de estado, un golpe de mayoría, un golpe de autoridad.

Imaginemos que a los Martínez, Jesús padre y Jesús hijo, no les asusta otra ventaneada, y aceptan el bochorno público de sus pecados. Imaginemos...

E imaginemos que Jorge Vergara desafía las amenazas de persecuciones fiscales, laborales, maritales y demás, y se suma a ellos. Y que Tigres y Rayados se atrevan a sacar la cabeza de su región de aburguesado confort. Y que Toluca, y Cruz Azul, y Santos, y etc...

Y que de repente recuperen esa voz que ha sido silenciada, y ese voto que les ha sido arrancado. Imaginemos, sólo imaginemos...

2.- Imaginemos, sólo imaginemos. Que Yon de Luisa llega a la FMF y desazolva la oficina suprema de la corrupción en la FMF, y que además de cumplir con la labor de capataz del sumiso ganado de la Liga MX, se decide a demostrar que los años de prohijado del poder supremo, pueden ser útiles al futbol.

Imaginemos que sin dejar de lado la protección al feudalismo televisivo que lo ha amamantado durante años, De Luisa se decide a trabajar con los dueños de equipos, que, al fin y al cabo, exitosos empresarios, aunque nadie meta las manos al fuego por ellos, puedan aportar ideas.

Imaginemos que De Luisa va de nuevo al rescate de la Copa Libertadores y la Copa América (sí, cuánto daño hiciste Decio, aunque haya sido por estulticia), y que cumpla el proyecto de inmiscuir a algunos clubes mexicanos en los torneos menores de Conmebol.

3.- Imaginemos, sólo imaginemos. Que en una condición absurdamente hipotética, los 14 sumisos o rebeldes, concilian con Yon de Luisa y sus clubes pajecitos (América y los de TvAzteca), para rescatar la Liga de Ascenso como una atmósfera de desarrollo de futbolistas, y no como el fondo de retiro de mediocres, y lavado de dinero de jugadores extranjeros de baja ralea competitiva.

4.- Imaginemos, sólo imaginemos. Que se dignifique un filtro para la llegada de futbolistas extranjeros. Que se les exija que alguna vez hayan sido seleccionados nacionales, o al menos un mínimo de partidos internacionales con sus clubes, o, al menos, una constancia de titularidad en sus equipos de origen.

5.- Imaginemos, sólo imaginemos. Que se cortan los apéndices corruptos de la mafia de promotores, y que a cada uno se le exija, como debe ser, su certificación ante FIFA y un certificado de la Secretaría de Gobernación de que en su país de origen no han sido acusados o perseguidos.

6.- Imaginemos, sólo imaginemos. Que al frente de la Comisión de Selecciones Nacionales se coloque a un personaje autónomo, con poder, con asesores, con probada rectitud, porque sí los hay, que se atrevan a desafiar los caprichos de directivos y ser verdaderas cabezas de mando, incluso para cuestionar a los directores técnicos en turno.

7.- Imaginemos, sólo imaginemos. Que las convocatorias a selecciones nacionales no sean regidas por patrocinadores, por representantes de los jugadores, por caprichos de los técnicos o por órdenes desde la oficina de Emilio.

8.- Imaginemos, sólo imaginemos. Que Yon de Luisa no se ciegue por el cheque de SUM ante la renovación de contrato y que estipule en el acuerdo que sólo se firmen a equipos con las versiones mayores, y no equipos con juveniles o arrejuntados de futbolistas en desahucio.

Imaginemos, pues, sólo imaginemos, aunque después, en el momento importante, como en el Mundial de Rusia, llegue el bofetón, el "verdadazo" brutal de la realidad hecha pesadilla o de la pesadilla hecha realidad.

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SAMARA, Rusia -- Redención de cada cuatro años. El tsunami culposo a través de la catarsis del ¿fue fracaso o no fue fracaso?

Y ahora, ¿qué? Y ahora, ¿quién? Y ahora, ¿cómo? Y sobre todo, ¿ahora para qué?

El patíbulo aguarda con esa sed de alcohólico, con esa sed de sangre y mientras sea más de inocentes y menos de culpables, mejor.

Juan Carlos Osorio sigue mandando mensajes de nunca jamás. Ya se sabía que Matías Almeyda es el privilegiado de los votos. El argentino es, pues, el candidato al cadalso en cuatro años.

La historia será diferente. Peligrosamente diferente. Hay un cambio generacional brutal. Otro relevo. El Día de Muertos y de muertes en el futbol mexicano es cada cuatro años.

Foto Olimpik/NurPhoto via Getty ImagesLa afición mexicana, como desde hace tres Copas del Mundo, fue de las más festivas en Rusia 2018.

Los hijos bastardos de esta generación del 7-0, ésta, la de los entenados del #ImaginémonosCosasChingonas, recibió su acta de defunción.

Sí, estos jugadores que se creyeron Alicia en el País de las Maravillas. Estos que arrasaron con Alemania, pero desdeñaron a Suecia y se paralizaron ante Brasil. Estos, los mismos.

Por eso, es momento de replantearse la misma cantaleta, el mismo coro de la frustración: la autosanación llega con los responsos de la impotencia.

En México, tras cada corte de caja y recorte mundialista el fracaso no es un funeral sino el ceremonial del advenimiento... para otro fracaso.

Insisto, y ahora. ¿qué? Y ahora, ¿quién? Y ahora, ¿cómo? Y sobre todo, ¿ahora para qué?

Mientras Decio de María y sus 18 concubinas hacen la Gran Herodes, aniquilando juveniles, en la madre de todas las corrupciones, llegan extranjeros a los que el tribunal del futbol debería de procesarlos por estafa.

Todos se enriquecen, aunque el futbol se empobrezca y los corifeos cómplices que dicen que "lo que importa es el espectáculo", hoy ciñen la guadaña esperando a la clientela de la derrota.

Pero, claro, hay victorias. Adidas vendió más camisetas para este Mundial. México es la segunda selección en el mundo en vender copias de sus armaduras. Para cumplir con el #ImaginémonosCosasChingonas, hay que vestirse correctamente. No se puede ir con ropa de don nadie por el mundo y atreverse a gritar la consigna de los eternos y bellos durmientes de la gloria.

A ojos de sus patrocinadores, el fracaso de México no existe. No puede existir. No debe existir. La compasión vende mejor.

Es tiempo de que se entienda algo: mientras más inalcanzable sea el quinto partido, más poderoso será el anzuelo de la ilusión y del ilusionismo. Mientras más inalcanzable sea el quinto partido, más poderoso será el anzuelo de la tentación. Lo prohibido, lo vetado, lo clandestino es lo que más enajena. Los tabúes son la carne envenenada para los cándidos bobalicones.

Entonces, recaemos en imaginémonos que ya no te imaginas. Imaginémonos que ahora sí quieres conspirar contra tu propio destino, porque la generación #ImaginémonosCosasChingonas que equivale al sálvese quien pueda, no podrá catar los misterios del Mundial de Catar.

Rafael Márquez, Andrés Guardado, Javier Hernández, Carlos Vela, Héctor Moreno, Oribe Peralta, Miguel Layún y Jesús Corona terminaron su gestión. Se fueron con las manos vacías. Otra generación que sólo estercoló paradigmas perversos de otras generaciones.

A Guillermo Ochoa hay que criogenizarlo y esperar que Chucky Lozano no haga la gran Carlos Vela. Carlos Salcedo duda si regresará, tal vez porque sabe que la deserción es un acto de cobardía disimulada si se hace con oportunismo. ¿Los Dos Santos? En unos meses hasta el Galaxy de Los Ángeles se deshará de ellos y Diego Reyes seguirá dónde está: en la clínica de rehabilitación perpetua.

Pero, ellos, todos, son lo menos importante para el gran capataz de la granja. Las televisoras mexicanas dicen que dejaron de ganar un 15 por ciento al no llegar al quinto partido, pero el proceso de embaucamiento del "ahora sí en Catar vamos por el quinto partido" es mejor negocio.

Y ese proceso comienza en unos meses con amistosos ante Uruguay, Estados Unidos y algún otro despistado en la selva futbolera que quiera agregarse a la multiplicación ajena de los panes y los peces.

Por eso, y ahora ¿qué? Y ahora ¿quién? Y ahora ¿cómo? Y sobre todo, ¿ahora para qué?

Por eso, créame, no fue un fracaso para la selección mexicana el Mundial Rusia 2018 ni para usted, que en la hoguera reincidente de sus ilusiones se gastó tiempo, dinero y esfuerzo, ni para los paladines fumigados del #ImaginémonosCosasChingonas.

Reconsiderémoslo. En términos de Gary Lineker, "el futbol es un negocio que México perfeccionó con once pelados suicidas y en el que siempre gana Emilio".

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SAMARA -- Fácil es cebarse sobre los jugadores. Y ensañarse con el técnico. Porque por séptima ocasión consecutiva México se precipita al precipicio que le aguarda cíclicamente después del cuarto partido en una Copa del Mundo.

Esta vez fue Brasil. Antes, fueron otros. Entre el #NoEraPenal del 2014, la inmolación de jugar con el Bofo Bautista en 2010 y el golazo de Maxi Rodríguez en 2006, el desenlace era adjudicable a errores puntuales del árbitro, del técnico o el día en que Maxi dijo "me puse la zurda del Diego (Maradona)".

Pero, esta vez, en Rusia, afloraron las diferencias, las clases sociales. A estos futbolistas mexicanos no les alcanzaba para derrotar a Brasil.

Cierto, les alcanzó para inquietarlos, para amenazarlos, para intimidarlos, tal vez, con un par de jugadas de gol que los mexicanos se equivocaron en decidir.

Ciertamente, viendo y viviendo el juego desde la tribuna de un estadio abarrotado, saltan las diferencias. El brasileño sacó todo eso que desde que es un embrión, ya lo carga en el ADN. Esos cromosomas educados en las favelas.

Insisto en que Brasil jugueteó primero, jugó cuando quiso ganar y después volvió a entregarle la pelota a México, para que descubriera por sí mismo Principio de Murphy: ascendió hasta su propio nivel de incompetencia.

En las diferencias atléticas y físicas se va escribiendo el juego. Una milésima de segundo, un espasmo muscular, un punterazo instintivo al balón, y los notables e indeclinables esfuerzos de los jugadores mexicanos quedaban desbordados.

Eso, la temperatura, el impresionante esfuerzo y desgaste físico, y el ir percibiendo que en la batalla de la transpiración absoluta contra la inspiración a cuentagotas, era prácticamente imposible humillar a Brasil, en ese escenario de 93 grados Fahrenheit y humedad que llegó al 40 por ciento.

La mejor generación de futbolistas mexicanos, con el mejor aparato de respaldo y logística que pudo elaborarse, y con el más detallado estudio del adversario, simple y sencillamente no alcanzó.

Y esta vez no fue el árbitro, no fue una mala decisión de alinear a un jugador en desahucio, ni tampoco un chispazo irrepetible de un jugador. Esta vez, Brasil simplemente fue superior a México.

¿Se ha vencido a Brasil? Por supuesto, y en circunstancias memorables: las finales del Mundial Sub 17 en Perú 2005 y en los Juegos Olímpicos de Londres. Escenarios de torneos con limitaciones en la edad.

Este Brasil sin embargo, que todavía se sigue conformando en plena Copa del Mundo, demuestra el trabajo de un técnico como Tite, que ha forzado el talento, esa superioridad genética para el deporte, la disciplina y un trabajo táctico rudimentario, pero muy efectivo.

México podía haber vencido a varios otros rivales en Octavos de Final. A Suiza, la selección mexicana de este lunes en Samara, estaba en condiciones de superarla, por la forma de juego que suele hacer daño a equipos que no recurren a extremas tácticas, como Suecia.

Pero, ahí hay un pecado en el trabajo de la selección: debió saber buscarse, debió fijarse como objetivo terminar como líder del grupo, después de vencer a Alemania, pero el desdén y el ensayo innecesario ante Suecia, arruinó ese cruce.

Ciertamente Neymar es un jugador que marca abismos. Dos jugadas suyas notables significaron el marcador.

Que es un futbolista que a veces denigra la esencia de la pulcritud y la etiqueta de la honorabilidad deportiva, sin duda, pero con dos jugadas, redactó el acta de defunción de México.

Cuando Juan Carlos Osorio, sin mencionarlo, lo vilipendió por ser "una vergüenza para el futbol"; que no practica el balompié "con la virilidad que se debe", porque "el futbol lo juegan hombres" y a él le encantan "las payasadas" bajo la protección arbitral, la intención del técnico es otra.

Evidentemente Osorio sacó el pararrayos, lo conectó y decidió atraer toda la tormenta, para que las bayonetas enfilaran más contra Neymar que contra sus jugadores.

¿Errores de Osorio? Colocar a Edson Álvarez de contención fue una forma de suicidio lento. Rafa Márquez lo había hecho muy bien. Edson, en cambio, les entregó las llaves del castillo, el castillo y a la doncella en cautiverio a Brasil.

Sólo gracias a Guillermo Ochoa, el mejor jugador de México en este Mundial, no hubo un desastre en el marcador.

Y, de nuevo, Osorio no pudo remontar un marcador ni el trámite del juego en un partido oficial, pero, ahí tiene un peso enorme, con esa vieja frase de Perogrullo: "Brasil es Brasil".

Y Brasil aprendió de aquella vergüenza histórica del 7-1. México, dicho por el mismo Juan Carlos Osorio, él y todos, siguen llorando el 7-0 ante Chile.

¿Sigue Osorio? Ahora puedo ratificarle lo que el sábado revelamos en Raza Deportiva de ESPNDeportes: él ya agradeció a la FMF todo el respaldo. La moneda oscila entre Colombia y Estados Unidos.

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Viñeta Rafa Ramos

SAMARA -- Ciertamente fue un ridículo: se vieron como esos bobalicones y ternuritas de cachorros que persiguen infatigablemente su propio rabo.

Pero más allá de ese delirio de acoso que exhibieron algunos jugadores del Tri en redes sociales, debemos quedarnos con los juramentos aislados.

Creamos, porque no hay motivo para dudar, que, como afirman en su gacetilla, sanarán heridas, resanarán errores y se pondrán en pie de guerra ante Brasil.

Por eso, algo es cierto: el mejor México posible saldrá este lunes a la cancha de la Arena Samara ante los poderosos brasileños del clavadista Neymar.

Cierto también: esto no garantiza nada, pero, cierto también, está más cerca de una hazaña, como debe considerarse el vencer a Brasil.

Pero, al final, y por eso podemos creer en las promesas, detrás de los lloriqueos innecesarios, que emitieron Javier Hernández, Rafa Márquez y Marco Fabián.

Partamos de eso: la mejor selección disponible salta ante Brasil. Puede ser insuficiente, puede ser suficiente, pero debe ser imprescindible e innegociable.

¿Y entonces? Evidentemente Juan Carlos Osorio ha diseccionado a Brasil. Y aunque se le indigestan los cambios, y se obnubila en los tiempos y en la elección de jugadores para hacer sustituciones a veces, parece tener muy en claro la trascendencia colosal de la cita.

Ya demostró su habilidad. Supo acertar ante Alemania y ante Corea del Sur. Y supo acertar hasta para equivocarse, conscientemente, ante Suecia, según lo dijo en la conferencia de prensa. "Mi pecado", subrayó.

Hay entrenadores que intentan ponerle la cereza al pastel con películas de motivación o con poderosas arengas antes del partido.

Rudy, por ejemplo, fue durante mucho tiempo el filme prodigioso que usaron los entrenadores de cualquier disciplina. Si Rudy, pudo, tú puedes.

Pep Guardiola usaba pasajes de la película Gladiador en algunos momentos con el Barcelona, y entrenadores de futbol americano ajustan su propia versión a la aseveración de Vince Lombardi: "La victoria no es lo más importante, es lo único".

George Steinbrenner decía que "ganar es la segunda cosa más importante, sólo después de respirar. Entonces, respiro, después gano".

Uno de los discursos más intensos en alguna película sobre deportes, es sin duda la de Al Pacino en el papel de Tony D'Amato, en Any Given Sunday.

"Cualquier domingo de estos, van a ganar o perder. El punto es: pueden ustedes ganar o perder como hombres", expone Pacino/D'Amato después de una fuerte arenga de varios minutos.

Insisto: Osorio y los jugadores, ante Brasil, ante el muro infranqueable detrás del cual está el Quinto Partido, van a presentar este lunes al mejor México posible.

Y no es novedoso. Porque seguramente lo intentaron Miguel Herrera ante Holanda, y Javier Aguirre jugando con diez (sí, con el Bofo Bautista) ante Argentina, y Ricardo LaVolpe ante la misma albiceleste.

Y si hay algo en lo que coincido plenamente con el técnico colombiano es en aquella reflexión infidente previa al juego con Alemania: cada jugador debe saber qué quiere y qué tanto lo quiere. Ese, el secreto de jugar por el juego.

Antes del partido entre México y Estados Unidos para definir el boleto a la Copa Confederaciones en el Rose Bowl de Pasadena, un relajado y dicharachero Ricardo Ferretti, se sinceró.

"Yo ya les enseñé todo lo que tenía que enseñarles a estos cabrones... ahora está en sus manos (vencer a Estados Unidos)", dijo encogiéndose de hombros. Y ocurrió.

Este domingo, el mismo Osorio se acercó a Hérculez Gómez durante el reconocimiento de cancha, y la frase tiene muchas implicaciones: "Uno se prepara toda la vida para un partido como estos (ante Brasil)".

Y aquí, ante Brasil, encaja una de las medias verdades de Ricardo LaVolpe: "El 90% del resultado es de los jugadores, el 10% es del entrenador".

Este lunes, ante Brasil, queda claro, a partir del silbatazo, el 100 por ciento del partido estará en las gónadas, en el talento, y en el que cada jugador sepa lo que quiere y cuánto lo quiere.

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Viñeta Rafa Ramos
MOSCÚ -- El Olimpo cerró sus puertas. Y él se quedó fuera. Aunque, podrá, seguramente, Lionel Messi, seguir levantando trofeos en España, y haciendo delirar a la tribuna en esa Liga.

Pero la deuda será eterna con su selección, su país, su gente, su sangre, su patria. Leo será más orgullo español que argentino; su heráldica relatará hazañas en Cataluña y fracasos en Argentina.

Este sábado, Lionel Messi volvió a deambular en el juego. Y que esa excelencia futbolística, ese dechado de talento que le acompaña en España, nuevamente en la cita determinante con la albiceleste, volvió a carecer del fervor competitivo de los grandes genios: Maradona, Pelé y hasta Garrincha.

Exculpar a Messi ensañándose con los evidentes errores de Sampaoli, sería una salida ridículamente falsa.

¿No acaso se hablaba de que Leo manipulaba las alineaciones y ordenaba los cambios a Sampaoli?

¿No acaso el mejor jugador del mundo, puede elegir dónde juega, cómo juega y con quien juega como ha ocurrido en el Barcelona?

Este sábado, Messi nada tuvo que ver en los sufrimientos de Francia, pero sí carga con la responsabilidad del penar de Argentina. La desesperada respuesta albiceleste fueron estertores de furia de los jugadores que él abandonó.

Ahora es fácil recapitular para exonerar a este futbolista de inobjetable talento, por encima de todos. Tan fácil como asegurar que Maradona, Tata Martino y Sampaoli lo boicotearon. ¿Y él, sumiso, entregado?

Exonerar al mejor futbolista del mundo explicando que se enganchó en el naufragio colectivo, es una forma fácil de indultarlo.

Porque precisamente él debía ser, sin voz de mando, sin gritos autoritarios, sino solamente con el arsenal inigualable de su futbol, el caudillo de sus desamparados.

Su racha se mantiene: en las fases de eliminación directa, sigue sin marcar gol, y sigue sin ser determinante, cuando las sirenas de Argentina empiezan a ulular por una mano salvadora.

Sin duda, cabe la posibilidad de disfrutarlo en los perímetros de su espacio generoso de competencia, la Liga de España, y tal vez el mundo entero abuso, exigiéndole, suplicándole que se consagrara como el mejor del mundo en el altar supremo de una Copa del Mundo.

Porque, queda claro, no basta acumular trofeos en el confort de competencias regionales, sin hacerte presente en una Copa del Mundo, porque para ratificar que se es el mejor futbolista necesita el bastón de mando de la gloria indiscutible.

Ganar todo en el vecindario del Barcelona, jamás llenará el buche ansioso e infeliz de los aficionados argentinos.

Son dos universos aparte, y bien lo ha dicho Maradona, que en este momento, ciertamente, no es el mejor referente de ejemplo: "El título con Argentina (México 86) es más importante y valioso que todos los otros que pude ganar".

Pero el mismo Messi lo ha manifestado: "Cambiaría todos los balones de oro, por un título con Argentina".

Pues hoy, abdicando totalmente ya a esa camiseta, a esa capitanía que nunca ejerció con Argentina, desertó a cualquier compromiso real en el futuro.

Ante Francia, nunca apareció. Ni fue el conductor, ni fue el señuelo, ni fue el genio, ni fue el líder. Lionel nunca fue Messi.

Y como bien reconocen algunos analistas argentinos: ha sido la representación más pobre de los números 10 que han vestido la albiceleste, al carecer de todo el fragor, la rabia, el hambre, que significa portar el gafete y ese número.

Ahora Argentina se liberará de la esclavitud de la "Messidependencia". A partir de hoy, cada uno hará su vida por separado. Lionel divirtiendo a Cataluña y en Argentina alargando el ayuno por 32 años.

Messi será el prócer del Barcelona, pero deberá cargar con el estigma del desertor ante los grandes reclamos que siempre le ha hecho Argentina.

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