LOS ÁNGELES -- En una zona tercermundista, según las consideraciones cuestionables de la FIFA, tener un plantel con jugadores pertenecientes a selecciones nacionales campeonas de América, campeonas de Concacaf, subcampeonas de Europa, futbolistas de roce europeo, perder una Final no puede considerarse de otra forma más que fracaso, un bochornoso fracaso.

Y el Tigres de Gignac, de Vargas, de Aquino, de Damm, de Pizarro, de Nahuel, de Advíncula, de Sosa, de Dueñas, fracasó en la urgencia, en la necesidad, en la obligación de ir a un Mundial de Clubes y de ganar su primer torneo internacional, aunque fuera de la rascuache -según FIFA- zona de Concacaf.

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Pachuca se coronó. Nuevamente. ¿Alguna garantía de que no continúe con su propia secuela de decepciones y fracasos en un Mundial de Clubes, y con la propia secuela de vergüenzas de equipos mexicanos en esa competencia? Tal vez la organización de los pachucos haya aprendido algo.

Pero, sin duda, quien aún no demuestra estatura para ganar este tipo de torneos es Ricardo Ferretti. Parecía que el ridículo en la Copa Libertadores lo debía haber amaestrado sobre su incompetencia en momentos críticos. Pero, en su omnipotencia, en sus egomaniacos comportamientos, él está convencido que no tiene nada que aprender.

Ante River Plate la lección fue brutal. Un equipo argentino desvencijado, desarmado por lesiones y traspasos, en una de las más pobres ediciones de la Copa Libertadores, Tigres no pudo porque, nuevamente, Tuca no supo.

Pavonearse, menearse con el plumaje artificioso del finalista ya no le sienta bien al plantel más caro y de mayor roce internacional del futbol mexicano y, evidentemente, de la Concacaf y de muchos países de América.

Es, sin duda, de mediocres frotarse ungüentos de resignación y consuelo porque se es finalista. La reincidencia en el fracaso no debe ser un aliciente, sino un castigo, y no debe ser una exaltación, sino una deshonra, excepto, claro, para directivos simpaticones y pizpiretos como el Inge Rodríguez, quien asevera complaciente y en complicidad que "no quiero un técnico que gane, sino que trabaje duro".

Debería saber que hay obreros clandestinos en Siberia que trabajan más y cobran mucho menos que el Tuca.

¿Pachuca? Deberá apurarse a decidir, sin altanería, sin soberbia, sin menosprecio, a dedicarse de lleno a la Liga MX o a comprometerse con el Mundial de Clubes.

Eso de que "podemos competir en las dos", se ha convertido en un agobiante, hipócrita, altivo y suicida epitafio de los clubes mexicanos que creen que pueden cargar con el peso de dos torneos.

Pachuca aún puede incluso rescatar este torneo y meterse a la Liguilla, pero el siguiente, el Apertura 2017, deberá manejarlo con la mayor inteligencia, si la tienen, y si les es posible.

Tigres, tras el fracaso redundante y aplastante, se perfila para quedar fuera de la Liguilla, especialmente después del fracaso de este miércoles por la noche ante Pachuca. Fue el tiro de gracia.

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LOS ÁNGELES -- Ricardo Peláez abandona El Nido. Acaso, porque El Nido ya lo había abandonado a él. El misterio sobre su salida tiene tufo a ese morbo de infidelidad, de adulterio: alguien se fue, al menos espiritualmente, a la cama con otro.

Colocado en la picota tras el funesto Mundial de Clubes de 2015, y nuevamente en 2016, con una fosa común de fracasos, cuando en el Año del Centenario cosechó más lápidas que monumentos, Peláez sale de Coapa finalmente. Vivió de peregrino en la guillotina año y medio.

Como siempre, en el obituario malicioso del recién fallecido, las buenas obras tratan de ocultar sus pecados. La hipocresía de las almas compasivas.

Peláez dejó dos títulos de Liga y dos boletos clase turista, como chambelán alegórico y conkakafkiano de otros tantos Mundiales de Clubes. Pero las candilejas no son eternas.

El vicepresidente deportivo del Nido columpió en el éxtasis a su nación azulcrema con ese título arrebatado a Cruz Azul en la mejor Final en la historia del futbol mexicano, y a partir de ahí renació el americanismo, vilipendiado antes con saña, porque daba tumbos en la indigencia del sótano y en la angustia de la regla de tres de la tabla del descenso.

Al Piojo Herrera se lo arrebata la selección, y a Antonio Mohamed lo echa el mismo Peláez, insatisfecho por que en lugar de ver a orgullosas Águilas se aterrorizaba contemplando a avestruces mineras.

Después, con Gustavo Matosas hay identidad, pero no hay identificación. Con Nacho Ambriz firma un pacto en el que el ejecutado sería el técnico, hasta que con Ricardo La Volpe encuentra ilusión e ilusionismo, porque al final, el 2016, el Año del Centenario fue una bancarrota absoluta.

¿Se va, dice, agradecido? ¿O lo echan, dicen, por desagradecidos? Lo cierto es que Peláez ya estorbaba. Para los carroñeros de oficio. Y para los de buena voluntad. Quedaba claro que con virtudes y defectos no estaba para congeniar con ninguno de los bandos.

Ciertamente la salida de Peláez no debe afectar al equipo. La figura de Ricardo La Volpe, amada u odiada, en el vestuario, ha estado por encima de la de su casi ex vicepresidente deportivo. El agobio del técnico argentino no deja en los jugadores ánimos para desahogarse con nadie.

Lo cierto es que, uno asume, hoy Peláez está mejor capacitado que nadie para tener continuidad en el América. Nadie mejor que él tiene el diagnóstico de las Águilas.

Seguramente, un plan inteligente, muy de los manuales de alta gerencia de empresas progresistas, es ascender o promover a quien se le agotan los métodos, para que aprenda e improvise otros, de desafíos más complicados.

Sin embargo, seguramente con hálitos de vida en la Liguilla, el América puede hacer sentir que no fue un error dejar ir o invitar a irse a Peláez, aunque la fase crítica vendrá, en verdad, cuando confronte la transición.

Porque, con Peláez ido de vacaciones, como dice, o a cotizarse en la bolsa de valores de la Liga MX, habrá que tomar decisiones clave: la permanencia del técnico o la llegada de otro; la renovación o contratación de jugadores y el compromiso con la afición, esa que al mal sabor de boca de 2016 debe agregar el sabor a oxidado de ver a un equipo con 90 minutos de nembutal futbolístico.

Ciertamente para todas las tareas pendientes en este cambio de dirección, el América necesitará a dirigentes con la personalidad para imponer autoridad moral e institucional al momento de negociar con entrenadores y jugadores. ¿Encontrarán a alguien con el peso de Peláez?

Y no cualquiera vestido de Armani y oloroso y ungido a la pila bautismal del Salón Oval de Televisa podrá llegar simplemente con el casting de Azcárraga Jean a ejercer el control, el mando, la autoridad y el liderazgo.

Porque al momento de transar, el jugador y el técnico, prefieren, antes que un acicalado oportunista salido de una escuela de negocios, a un hombre que haya pisado cancha y que en el subconsciente conserve, incorruptible, el olor a linimento de vestuario, y a la clorofila de la cancha.

Los maniquíes de cuello blanco, de esos que zopilotean El Nido, desde Televisa, no saben de lesiones y mucho menos de triunfos y derrotas.

A los hombres que han perdido las uñas de los pies jugando masculinamente al futbol les cuesta negociar con ejecutivos que dedican horas al manicure y el pedicure. El dolor de la cancha no se cura con glicerina y acetona.

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Angel Mena
Mexsport
LOS ÁNGELES -- Esa sensación de aquelarre. De Santos Óleos celestes. Ese ceremonial del harakiri. Ese ritual del escalofrío. Nomás, sí, nomás, porque es Cruz Azul.

Eran los estertores del minuto 93. Oswaldo Alanís con máscara de Zorro ortopédico, le pegó con una zurda ajena, y el balón se regodeó en el vuelo parabólico ante un Jesús Corona tan pasmado como cuando le avisaron en el Mundial 2014 que el titular sería Guillermo Ochoa. La pelota entró al ángulo. Matías Almeyda aplaudió. Paco Jémez era una gárgola del estupor.

Era, esa acuarela violenta de Alanís, el Chivas 1-2 Cruz Azul. Y entonces, ese estremecimiento funesto del pasado reciente, bueno, no tanto, como desde hace 20 años. Y súbitamente, esos espasmos calenturientos de angustia. Como caricia de suegra a lo largo del espinazo.

En la tribuna del Estadio Azul, a la hechicera Zulema se le hincharon los silicones superiores de orgullo. ¿Gracias a Zulema, traicionaba Cruz Azul a-su-lema? Porque segundos después, el árbitro, fustigado posteriormente por Chivas, terminaba el encuentro.

Cruzazulear pasaba a ser, de momento, un verbo que se podrá conjugar en pasado o en futuro, pero no en presente.

Obviamente Zulema y su protocolo de superchería no tienen nada que ver. La sacerdotisa, ni con sus encantamientos satánicos, pudo invocar una de las versiones más convincentes de Cruz Azul. De ser así, Catemaco, Tateposco y Zapotiltic, ya habrían sido campeones del mundo.

Se había advertido ya puntualmente: los futbolistas de Cruz Azul iban a dar la mejor exhibición del torneo. Y ocurrió. El salario del miedo y el miedo del salario.

Se había puntualizado que el cinismo centavero, la desvergüenza asalariada, iba a ser el motor que estremecería la voracidad alquilada de cada uno de los futbolistas. Ellos lo sabían, y lo ratifican, jugaron para salvar el contrato, para rescatar el pellejo. La prostitución del espíritu.

Patético es, incluso, que estos mercenarios de pantalón corto, festejaran la victoria como si fuera el bálsamo, la indulgencia, la absolución de un torneo cargado de mezquindad, de decepciones, de fracasos. Festejar así, es como un carnaval de asaltantes.

Es claro que la afligida, abnegada, burlada, afición cruzazulina puede regodearse de ese dedazo de miel entre tantos sopetones de hiel durante 20 años. Pero que el autoengaño no sea eterno.

¿O acaso por vencer a un Chivas desvencijado por lesiones, una expulsión y un penalti no marcado, es motivo para que se perdone, se absuelva y se reinstale a los facinerosos azules en un altar de reverencia? Los aficionados que así lo hagan bien merecen otros 20 años de sequía.

Chivas incluso colaboró a su muerte. Consumó un acto de audacia temeraria. Con el 1-0 y un hombre menos, mantuvo la fe en darle la vuelta al resultado. En el pecado de valentía, entregó la espalda para la segunda puñalada.

Así, el Guadalajara fue una víctima propiciatoria, por ausencias importantes y la expulsión de Ponce, cuando enfrentó a una caterva de fariseos caraduras, que decidieron ofrecer los mejores -¿y únicos?- dignos 90 minutos del torneo.

Para los filibusteros oportunistas, con apetito de hienas, insisto, era rescatar o la renovación del contrato o la permanencia en el equipo. Cruz Azul, para ellos, no es una institución sino una ubre dolarizada.

Muy simple: todos, absolutamente todos los mercenarios no nacidos en México saben, y lo saben de sobra, que en ningún equipo, de ningún país de Sudamérica, van a pagarles, siquiera, la mitad de lo que esquilman, de lo que hurtan, puntualmente, cada quincena, incluso con engaños fiscales, en Cruz Azul.

Y emplazo a los escépticos, incrédulos y recelosos, a que aguarden pacientemente el desenlace del próximo fin de semana, cuando estos mismos indigentes del profesionalismo, comparezcan en Pachuca.

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Guadalajara, Cruz Azul

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LOS ÁNGELES -- Para Chivas es un Cáliz. Para el resto una vasija de tepalcate. Pero, Cáliz o botija, seguramente apagaría la sed de gloria de equipos en inopia.

Para Chivas es un título, para el resto certifica que fue el menos peor de un torneo al que no acuden los que aspiran a Concachampions. Tiene, acaso, la tersura del consuelo. La historia cuenta y contabiliza.

Pero Chivas es campeón de la Copa MX. Vence en penales al Morelia. Y su arquero Jiménez se ciñe la guirnalda atajando tres penales. ¿La gloria? La mejor definición es del colombiano Fernando Vallejo: "La gloria es una estatua donde cagan las palomas".

Imago7Almeyda besa la medalla que obtuvo por ser Campeón de la Copa MX.

Por negligencia, estulticia y parálisis neuronal en la FMF, la Copa MX terminó siendo un tour a un callejón sin salida, un concurso a pastelazos. No hay un premio por ser --como lo ve Chivas-- el mejor del torneo, o por ser, como lo ve el resto, el menos peor de los más peores.

Ciertamente, al renunciar a la Copa Libertadores, por intereses mezquinos de sus amos, Decio de María no supo improvisar un estímulo final. La Copa MX, que antes tenía medio boleto a Sudamérica, terminó con la concavidad estéril.

Cierto, debe quedar claro, como futbolistas profesionales, ganar, ganar siempre, ganar todo, especialmente en clubes como América y Chivas, es una consigna que viene en las letras pequeñas, indivisibles e invisibles de la dignidad del atleta. Letra escarlata, letra con sangre. Debería.

Pero la trascendencia, la preponderancia de la Copa para Chivas no está en las vitrinas ni en el paseo olímpico en su estadio ante su enfebrecida afición, sino en la zona medular de la cancha, en la formación, la consolidación y la estabilidad de futbolistas.

Con fobia al mestizaje futbolero, a la mezcolanza de nacionalidades, Chivas mantiene la línea mexicanista. Y lectura o lamento, según el caso, se convierte en una migraña semestral buscar jugadores que consoliden la competitividad del equipo.

En tiempos de urgencia, de emergencia y de contingencia, la Copa MX se prestó como un campo de pruebas en el que hasta supuestas ilusiones, como el Gullit Peña, fracasaron.

En esos surcos despreciados y despreciables por la negligencia organizativa de la FMF, Chivas encontró posibilidad de sembrar y cosechar a Zaldívar, La Chofis, Cisneros, Pérez y el mismo Jiménez, entre otros que asoman.

Aunque en sus devaneos elitistas contradice la filosofía de su club, ChivasTV transmitió la arenga de Matías Almeyda en el vestuario, y la invocación y evocación, de la obligatoriedad a la victoria, con un "que los mexicanos pueden, ¡carajo!". Y pudieron.

Generoso el discurso y, sin duda, oportunista más allá de oportuno, porque emana de alguien de quien han brotado disparates como "es que yo juego sólo con mexicanos", o su desahogo en Argentina de que "hay que pensar tres veces más (en Chivas) porque son sólo mexicanos".

Cuesta creerle la vehemencia y la lealtad en esas palabras del discurso del miércoles por la noche, con las desbarradas anteriores mencionadas, en las que evidentemente menosprecia al futbolista mexicano.

Pero, por otra parte, Almeyda, quien acepta que ha llegado a Chivas a intentar graduarse como técnico, también autentifica su discurso, porque el trabajo con fuerzas básicas se mantiene en proceso de vértigo, tal vez ya no con el aroma holandés que dejó el incienso de Hans Westerhof, pero bajo una fórmula innegable como es la argentina, la de River Plate, para formar futbolistas.

Insisto en un ejemplo. La Chofis llega a Chivas en la gestión azarosa de Chepo de la Torre. Lo prueba, lo orienta, trabaja con él, y ve la oportunidad de un futbolista distinto, arrabalero, de cepa rústica pero talentosa y tribunero. El amague, el túnel, el descaro, la sorna...

Al tiempo, las virtudes de La Chofis seguían ahí. El regordete jugador sacaba la testosterona generada en las prácticas en salones de relajación, con cuenta VIP en el Rapé de Guadalajara. El Chepo renunció a él.

Ahí, Almeyda decidió apadrinarlo. Cierto, el primer paso que dio fue torpe. Lo mete de cambio a tirar un penalti. La Chofis lo falla. Un paso atrás, sin duda. Pero El Pelado no se rindió. Hoy no se ha rendido. La Chofis aún respira y transpira más en la cancha que en la plancha de masajes.

El testimonio de jugadores sobre Almeyda es valioso. A algunos como Zaldívar y Cisneros los convenció de invertir sus ganancias en bienes raíces en lugar de encandilarse con autos de medio millón de dólares.

Por eso, la Copa MX podrá ser para el resto del vecindario roñoso, sarnoso, una triste vasija de tepalcate, pero para Chivas es un Cáliz, más allá de la oquedad infértil de su panza vacía, y de que es un tour burlón hacia un callejón sin salida.

Para Chivas, en este par de Copas MX conquistadas con Almeyda, es el campo fértil para este pastor en turno, que tiene que "pensar tres veces porque son mexicanos", pero que ha tenido, o la voluntad, o la pasión, o la devoción, o la obligación de demostrar "que los mexicanos pueden, ¡carajo!".

Me hubiera encantado escuchar una disertación similar del Chepo. Él, sin embargo, se refugió en el reto incompresible de traducir a Einstein.

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LOS ÁNGELES -- El triunfalismo es de memoria selectiva. Recuerda podios, marcadores, victorias, guirnaldas, la sonrisa universal del triunfador. No se entretiene en la caducidad cínica de las circunstancias.

De ser así, Cristiano Ronaldo puede llamar a su sastre -o modisto- para perfeccionar el frac de los abaratados balones de oro. Hoy, y con la amenaza despiadada del Real Madrid en la Champions, puede hacer un lugar en su museo para el par de bodoques centellantes que laurearán aún más su pinacoteca.

El triunfalismo no se recrea en los rencores, ni en los lamentos, ni en las lágrimas furtivas de los despojados. Ni hurga, tampoco, bajo la alfombra donde la bazofia, el cochambre arbitral es arrojado, como desecho tóxico de los resultados.

Cuando llegue el momento de elegir, el sufragio saldrá de las páginas doradas y no de los apéndices lóbregos y sombríos de las injusticias. Tristemente. Los 90 minutos, a final de cuentas, se resumen en el veredicto, en el marcador, en ese heraldo universal que pasa lista de vivos y muertos.

Nadie recordará el concierto de torpezas arbitrales en esa encarnizada y virulenta cruzada, en la que el Bayern Munich muere a manos del árbitro, pero con la firma fina de bisturí de una afilada y certeramente brutal guadaña llamada Cristiano Ronaldo.

CR7 fue el Excálibur de la injusticia. Fue la espada que perpetró el crimen, pero el portugués es inocente de los pecados ajenos y sospechosos del árbitro. El delincuente usa silbato, la guillotina viste de blanco.

Lo había advertido Carlo Ancelotti: al Real Madrid en el Bernabéu hay que masacrarlo para vencerlo. "Hay que ganarle tres veces", dijo. Y sabe porqué lo dice. Estuvo en ese banquillo y desfiló por la pasarela de los inmortales de la Casa Blanca y lo sabe porque, en su momento, la fatalidad del arbitraje también a él le hizo un guiño de seductora complicidad. Y se dejó querer.

En el pantano de errores, de sospechas, de cuestionamientos, ojo, no sobre las aberrantes decisiones arbitrales, sino, lo más penoso, las promiscuas intenciones arbitrales, emerge la figura de Cristiano Ronaldo y su triplete perfecto en el uso inequívoco de su arsenal: cabeza, pie izquierdo, pie derecho.

CR7 sabe que los balones de oro, de FIFA y France Futbol, no se empollan en diciembre, sino en junio, y que la madrina perfecta es una señora despampanante, voluble, casquivana y de vida fácil: la Orejona de la Champions.

El Real Madrid y Cristiano penetran apenas en el pasadizo más entrampado de todo el recorrido. La Orejona aún está en la torre del castillo. Es decir, tan lejos y tan cerca.

Si el Bayern fue una amenaza que obligó al pillo con el silbato en la boca a ungir de favoritismo a los Merengues, nadie puede garantizar que no acose, que no aceche otro bandolero de centelleante camisola amarilla, dispuesto a custodiar a su semental.

En la inevitable resaca amarga de los crímenes arbitrales, más allá de esos delincuentes públicos e impunes, queda un sabor maravilloso del juego como tal, del futbol como tal, y de ese magnífico compromiso de futbolistas rutilantes, dispuestos a exhalar, literalmente, en las inclementes y fascinantes batallas de la Champions.

Aunque, insisto, la memoria selectiva del triunfalismo, se quedará con la imagen del adonis de laboratorio 24/7, por encima de la arpía arbitral, y por encima incluso del resto de los espartanos vestidos de futbolistas, sin que pueda, nadie, nunca, reclamarles absolutamente nada a ninguno de ellos.

De hecho, a CR7, en este momento, lo engrandecen, lo magnifican aún más, la calidad moral, física y futbolística de los contendientes. Nunca el término masculinidad encajó mejor en los prototipos de guerreros que pisaron la cancha del Bernabéu.

Los detractores crucificarán a Cristiano, así como sus intransigentes idólatras han quemado con leña verde cuando el arbitraje ha dado empujoncitos a Messi y al Barcelona.

Pero, lamentablemente, algunos miembros del arbitraje son la escoria necesaria en el futbol. No porque estén propensos a equivocarse, sino porque, están, también, ansiosos del servilismo mezquino de fuerzas más poderosas que su instinto de dignidad.

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LOS ÁNGELES -- América no vale el boleto que se paga por verlo. Aburre. Desde hace cinco meses sostenemos que el Lavolpismo es ya un mellizo decadente de lo que tanto dijo alguna vez despreciar: el Lapuentismo.

De hecho, reitero, Ricardo LaVolpe depuró de manera inapetente y tosca, burda, los jeroglíficos de Manuel Lapuente. Hoy, ratifico, LaVolpe es más Lapuentista que Lapuente.

Pero, si en la cancha el apocamiento americanista es de un sopor que contradice la historia del equipo artesano del Ódiame Más, las estadísticas hacen un escandaloso barullo que despierta respeto.

En un escenario dramático de contingencia, con titulares lesionados, muchas enfermeras y sin podóloga, así y jugando feo, América cosecha 17 puntos de los últimos 21 posibles. Efectividad de un 81 por ciento en los últimos siete juegos. Amodorra, pero suma.

Curiosamente, parece, la derrota en el Clásico ante Chivas, le sentó bien. La sobajada ante el Guadalajara zarandeó a LaVolpe y sus rencores, y a El Nido y sus rencores. La soberbia se cura con el flagelo de la humillación. Desde entonces, hasta el Bigotón habla menos.

Con el desenlace fatalista y exponencial de lesiones, parecía que el América se encaminaba a la pendiente suicida del fracaso. Ibarra, Cecilio, Goltz, Samudio, Aguilar, Carlos Darwin, y otros más que entraban y salían del nosocomio o del congelador, parecían fragilizar al equipo. Lo dijimos entonces: mientras más se debilitaba, más se fortalecía. Un Rambo con anemia.

Cierto: con pantuflas, tecito de pasiflora, osito de felpa y en pijama, hay que presenciar los juegos de las Águilas, que recuerdan más a las cigüeñas azulcremas de Mohamed, que a las aves de certería que había con Miguel Herrera. La anestesia narcotiza vestida de amarillo.

Mientras se apoltrona en zona de Liguilla, sin renunciar a la cacería de los líderes, con 12 puntos y dos juegos como local pendientes, el América se regodea con la eficiencia mezquina del asesino perfecto: nueve goles le han dado 17 puntos. La economía productiva del bostezo.

Hay, más allá de esa tacañería obscena del pragmatismo del Neolavolpismo, dos situaciones de enaltecimiento en El Nido. Y ambas mérito del entrenador. La devoción inclaudicable de sus jugadores para ganar como sea y a quien sea, y la personalidad de los jugadores en hacer una rabiosa lid la pelea de cada pelota.

Sin duda, LaVolpe ha encontrado la verborrea o la elocuencia, para reclutar a jugadores que parecían dispersos en el arranque del torneo, al grado que en los tres primeros encuentros les hicieron ocho goles, y era fácilmente identificable la renuncia al sacrificio en el grupo.

Hoy, irónicamente, con menos hace más. Con menos prominentes millonarios en la cancha, hace más por las urgencias del equipo. Aunque eso sí, hace mucho menos, pero mucho menos, de ese futbol que prometió cuando llegó a El Nido: "ofensivo, espectacular, goleador", pero sus patrones y el americanismo, se quitan las lagañas de los 90 minutos con la vigorizante presencia en la Tabla General.

En un ascenso poderoso, en cifras, no en futbol, similar al de Tigres, el América hoy muestra un empaque amenazador rumbo a la Liguilla, esa fiesta final en la que sobreviven quienes llegan menos borrachos de elogios y más hambrientos de gloria. Y las Águilas vienen de un año del desahucio, de su año del indeCentenario.

Insisto: regalado es caro el boleto para ver 90 minutos de este anodino equipo. Pero, para la feligresía cautiva del América, lo preponderante es solazarse cada domingo por la noche al ver a su equipo un escalón más arriba en la tabla de posiciones. Es algo así como un sonambulismo triunfalistamente justiciero.

Dispuestos a la lucha, saliendo a la cancha con taparrabos y sin frac alguno, los insurrectos americanistas son amenazantes. Debe quedar claro que son más marciales combatientes, aunque menos legítimos futbolistas. Han hecho, bajo la consigna del Lapuentismo de LaVolpe, de cada juego, un desesperado acto de supervivencia.

En esa alza llena de brío y pujanza que significan los resultados, y que describe bien LaVolpe con su "se me resbalan las críticas", acaso como bálsamo único aparece, cuando no le echan montón como ante Puebla, el desparpajo del mozalbete ese, de Diego Lainez.

Así, amamantado por lo que tanto odió y criticó, por la escuela lapuentista, LaVolpe encontró la perfección burocrática del éxito, y ahora ya sin la obligación de incursionar en torneos distractores, es, sin duda un favorito incuestionable al título.

Eso sí, estoy plenamente consciente que si a mi, en lo personal, me hace babear de somnolencia este América, debe importarle a LaVolpe tanto eso, como el destino de la toalla percudida en aquel pasaje con la podóloga.

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LOS ÁNGELES -- La culpa no la tiene el indio (Sunil Gulati nació en Allahabad, India) sino el que se lo hace compadre. Y Estados Unidos deja fuera del banquete a México: le servirá las sobras de los desperdicios.

Y, claro, indignos, serviles, rastreros, la FMF y cómplices se relamen los pudendos e impúdicos bigotes. Para ellos, el estiércol tiene proteína.

Eso sí, generoso el indio con sus compadres. Le da las migajas, pero con todo y su selección mexicana jugando hasta los Octavos de Final, porque, ya se sabe, el Quinto Partido es terreno vedado y vetado para el Tri, y a partir de los Cuartos de Final se juegan en EE.UU.

Un platillo típico de Brasil, la feijoada, nace en tiempos de colonización. Lo que sobraba en la mesa del patrón, de los platos de los comensales, los residuos, la bazofia, se aventaban y mezclaban en una olla gigantesca, en la que dominaban los frijoles, el arroz, la farofa, y claro las sobras de diferentes carnes, y hasta huesos ruñidos.

Pues eso ha hecho Estados Unidos: le ha servido una feijoada al futbol mexicano, cuyos directivos, limosneros, menesterosos, aceptan de buena gana: diez partidos.

Ojo: aparte del Tri, sólo habría un equipo de los 16 mejor clasificados en el Ranking de FIFA para México, y eso se determinará en el manoseo final del sorteo. Pero no será de los primeros diez. Ni de Europa.

Es decir, los desperdicios de los desperdicios. Una feijoada rasurada, esculcada. Ah, pero los fariseos de la FMF ya sabían la repartición de este pastel hace semanas, y un pastel en el que México no tiene derecho ni a encender (ceremonia de Inauguración), y muchos menos a apagar (Final) las velitas.

Ahora, finalmente, se filtró -- y es más que entendible-- porqué las investigaciones de FBI y la cacería de Loretta Lynch no llegaron hasta México, en la persecución abierta sobre la Concacaf. Una zona de impunidad.

Ya era de causar recelo y resquemor, que en un país donde la corrupción es una doctrina de vivir para el engaño, no hubiera arrojado, al menos, un maldito sospechoso. Pero, parece, México es el Castillo de la Pureza.

Sunil Gulati es un artista de la intriga. No en balde es uno de los cerebros financieros más reconocidos por Harvard. La manipulación es perfecta cuanto menos se nota. Copperfield es un aprendiz del ilusionismo.

Maquiavelo seguramente querría una copia autografiada de las memorias que en su momento escribirá el indio que maneja a la Concacaf con Justino Compeán como escudero o escribano.

Ojo: Gulati no sólo se deshizo de Blatter y Platini, sino que además, limpió a la Concacaf de todos los escollos. En el Caribe y Sudamérica lo detestan, pero a él, es lo que menos le importa,

Sunil manipuló a Infantino, puso de parapeto a Montagliani --¿quién llevó la voz cantante en la conferencia de prensa del anuncio?--, y fortaleció alianzas con México, para poder contar con las televisoras más poderosas de América. "Estando bien con Dios, quién le teme al diablo".

Así que en los documentos que Gulati le filtró a Doña Loretta permitió las cacerías de sus enemigos, pero se reservó cualquier posibilidad de alcanzar a sus cómplices. Hasta su compadre -totalmente verídico-- Compeán le hace honor a su nombre: Justino.

Ciertamente para organizar el Mundial 2026, que seguramente será otorgado a este triunvirato, Estados Unidos necesita más de México y de Canadá, que lo que necesitan estos países de Gulati.

Semejante gigantismo de 48 equipos y 80 juegos, no puede albergarlo a solas Estados Unidos. Necesita un par de vertideros a donde arrojar sus desechos tóxicos. Y ya los tiene. México y Canadá serán sus albañales. El bodrio de la mesa de honor para ambos.

Claro, aún está de por medio la votación, e insisto, más allá de que los países del Caribe le dieron el apoyo en el congreso de Concacaf, queda claro que al ser el voto secreto, pueden cobrárselas todas a Gulati, Compeán y Montagliani. Gulati no es la única Mata Hari.

Con la presentación de la candidatura, este trío ha ganado la batalla, pero aún quedan momentos culminantes de guerra.

Ahora, preguntará usted si México merece más partidos. Por historia y tradición en el futbol, definitivamente sí.

Sin embargo, en lo personal, ante las crisis numerosas que sufre México, ya es bastante positivo que la voracidad depredadora de FIFA, no sangre más a una nación con más de tres millones de personas en extrema pobreza.

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México, Estados Unidos

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LOS ÁNGELES -- Acostumbrado a acribillar con balines a incautos e inocentes en las calles de Puebla junto con Alustiza, Campestrini recibió su sentencia: lo acribilló Carlos Fierro a mansalva, por... inocente.

Era, prácticamente, la última jugada del partido. 2-2. El reloj se colapsaba al minuto 93. Y Campestrini quiso jugar al vivo haciendo tiempo, con el balón a tierra.

Pero el arquero del Puebla terminó siendo el tonto ante la viveza de Fierro, quien desde atrás lo cazaba, y enseguida lo despoja, lo pasea a cuatro patas en el área, como mascota de rico en concurso, y después dispara y cuelga el 3-2 en la histeria del marcador y de una afición que ya masticaba abnegada, resignada y consoladoramente, la mezquindad del empate.

Con su sagacidad, olfato de sabueso, Fierro salva más que los tres puntos. Deja a su equipo olisqueando el aroma pastelero de la Liguilla, y rescata a su directiva, vilipendiada públicamente por propios y extraños, tras emprender, casi como Campestrini en el área, a cuatro patas, su regreso a Televisa.

Jorge Vergara y su pie izquierdo, conocido públicamente -según Ricardo Peláez-como "el pelagatos de Vergara", protagonizaron desde el escondrijo, desde las penumbras de un boletinazo, la más dolorosa y vergonzosa de las renuncias: la abdicación a la libertad.

Tras su proclamada emancipación de la televisora, y sus alardes independentistas a través de ChivasTV, el Guadalajara regresa, insisto, casi como Campestrini ante la paseada de Fierro, dócil, sumiso, contrito, compungido, impotente, limosnero, a que le coloquen la cadena por dos años más.

La libertad que se vende, se malbarata. La libertad, que tiene precio, hace al esclavo tan indigno como al amo. La libertad que se conquista enaltece al individuo, pero si después se degrada y se envilece, describe a la escoria detrás del individuo.

Si Chivas había consumado uno de los actos más ejemplares de liberación en el futbol mexicano, después consumó uno de los actos de mayor prostitución en el futbol mexicano.

Que si el regreso de Chivas a Televisa fue un acto mercenario de autolenocinio, de alcahuetería propia, es entendible que reculando, Vergara privilegie los dólares. Cierto, la autodegradación, es la forma más humillante de servilismo.

¿Que lo hizo Chivas por la afición? Es una mentira. A final de cuentas, la clase más humilde de sus seguidores, los de rancherías y poblados, seguirán sin poder verlos.

La rendición, el sometimiento de Chivas fue la proclama pública, la confesión desnuda, de que en sus oficinas, no en el equipo, despachan cortesanas, meretrices. Y ya cayeron monedas, muchas, en el parquímetro de su dignidad.

Ciertamente, Vergara podrá repelar que negocios son negocios. Totalmente de acuerdo. Sólo, es de esperarse que nunca más venga con ataques de integridad, de valores, de libertad, de rebelión, de caudillaje moral, si no está preparado para respaldarlos con gónadas y corazón.

Pero, a ese Tsunami mediático que brutalmente se engullía a Jorge Vergara y al que Peláez llama "su gato", a ese holocausto, el gol de Fierro, la victoria de Chivas, en los espasmos de la agonía del juego, le pusieron una tregua, un impasse, porque la magnificación de la laureada reacción del Rebaño es la recompensa del futbol. Y al final, de eso se trata: de futbol.

Y, afortunadamente, para el dueño de Chivas, y -según Peláez- "su pelagatos", Chivas, en el coliseo de la Liga MX, está para reivindicarlos. Lo hizo ante Puebla. Lo hizo además como le gusta al apetito torcido y voraz de todas las aficiones: con drama, con angustia, con sufrimiento.

Ciertamente, el Guadalajara sigue jugando medios partidos. Antes deslumbraba en la primera mitad, y generalmente le alcanzaba para sumar. Ahora ha elegido el rol hollywoodense del héroe agonizante que regresa del Apocalipsis. A puro Jedi. Y le sienta bien.

Con el 0-2 a cuestas, Chivas encuentra el 1-2 en un estupendo gol de Alan Pulido, penetrando y ultrajando al Puebla, con vigor inesperado hasta en la jugada de la definición, cuando más por acto reflejo que por técnica, lanza un balín al alma de Campestrini.

Después de este gol, hasta puedo creerle a Pulido, finalmente, la historieta esa de que, como todo un Rambo futbolero, escapó de sus secuestradores.

Tras un autogol que ponía el 2-2, llega el atolondramiento de Campestrini, quien seguro, si hubiera estado tan acechante como cuando disparaba a poblanos impunemente, habría detectado que un Fierro, candente en el juego, lo hostigaba desde atrás.

Pero Campestrini, bobaliconamente quiso hacer tiempo, tragarse los últimos segundos, pero los últimos segundos se lo tragaron a él. Y entonces lo cazó el delantero de Chivas cuando el cronómetro se desangraba.

Más allá de la recreación cómica de la ridícula persecución del argentino a Carlos Fierro, a cuatro patas, como el regreso de Chivas a Televisa, la definición del atacante fue soberbia, cuando dos defensas llegaban a la cobertura. 3-2.

Por eso, este domingo, las aguas se tranquilizaron. Jorge Vergara y "el pelagatos de Vergara", dixit Peláez, estaban agarrados de un clavo ardiente, pero hoy se aferran a la salvación de Fierro, del gol de Fierro.

Y para Campestrini, la lección, el que a "fierro" mata a Fierro muere.

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TIJUANA   --    Uno niega que sea discípulo del otro. Y el otro se siente el patriarca del uno y de todos los unos. Hay amor hasta en sus tiempos de cólera, parafraseando la bendita herencia de García Márquez.

Los dos juran que son amigos, pero ya armaron una coreografía de vecindad cuando uno fue a saludar al otro, y éste juró que lo hizo con maledicencia y torvamente, violando su infinita biblia negra de superchería.

Uno es un dandy con trajes de 5 mil dólares, pero ademanes y desmanes de raza, de esa raza de los que no tienen raza ni pedigree. Alburea y bromea, o se enciende e insulta, y hasta en reminiscencia a sus memorias de boxeador de arrabal, le sacudió el lomo a un relator.

El otro se disfraza de Corleone y Bogart, en rústica réplica, cuando pontifica de futbol, aludiendo a que hasta Pep Guardiola se amamantó de sus principios, y hasta juramenta que "Alemania fue campeona (Brasil 2014) con 'mi' línea de cinco".

Son sagaces. Extremadamente sagaces. Ellos juegan ajedrez, cuando el de enfrente ensaya con parchís. Podría decir Sabina que ambos tienen la melena muy larga, la lengua más larga, y la mecha, la del carácter, claro, muy corta.

Sentados siempre en un polvorín, serpentean en la lengua un fósforo encendido. Uno le reparte cuando puede a su heredero en el Tri, Juan Carlos Osorio, y el otro deslizó un apellido asfixiante a Paco Jémez, al llamarlo "vende humo", aunque reculó cuando el español lo retó "a ir a lo oscurito".

En medio de tantos extremos que se estiran hasta juntarlos, los separa la respuesta pendenciera. Uno lleva el barrio caliente y con aires de Pedro Navajas ha repartido puñetazos y retado aficionados.

El otro, cuando alguien "agarra los fierros como queriendo pelear", relataría Ángel Fernández, se recluye, de ser necesario hasta en la cámara de bótox de la estética familiar en Guadalajara.

La selección nacional es una obsesión común. El uno le devolvió al Tri el vigor y la conflagración pasional en la tribuna, porque él mismo desplegó catálogos iridiscentes por el mundo con sus celebraciones en Brasil 2014. Su júbilo coquetea con el infarto masivo.

El otro, vive de cenizas que arrejunta para hacerlas trofeo. Habla de México en Alemania 2006 y en la Confederaciones de 2005, y ha superado a Scherezada, pero con un mismo cuento, durante Mil y Una Noches, de cómo Pelé, Beckenbauer, la FIFA, Maradona y los sabios del futbol, ponderaron a ese Tri.

Y los dos se fueron del Tri por su personalidad. Uno ofreció disculpas por ese round en el Aeropuerto de Filadelfia, con la Copa Oro recién abrazada, pero igual lo echaron del Tri en un pacto de televisoras.

El otro, con las manos vacías tras cuatro años insólitos de gestión, suplicó seguir, prometió internarse en una clínica para mejorar su temperamento, y casi juramenta dejar de fumar, pero la FMF se cansó de que tuviera esclavizada a una selección que tenía otros amos.

Esta viernes por la noche en el Estadio Caliente de Tijuana se verán de nuevo. El uno dice que no va a ir a saludarlo. El otro dice que no le importa.

Como sea, es uno de esos partidos tan poco habituales en el futbol mexicano, que se percibe desde fuera, que no se trata de ver si unos saludables Xolos como locales pueden vencer al América desvencijado por lesiones y castigos.

Ciertamente, más que Xolos contra América es Miguel Herrera contra Ricardo LaVolpe. Los once en la cancha, pasarán a ser peones de sus pasiones, todas las insanamente sanas y las sanamente insanas, posibles.

Si los Xoloitzcuintles eran los perros sagrados que servían de lazarillos a las almas de sus dueños, según la mitología náhuatl, podría decirse, alegóricamente, que El Piojo quiere ser el xoloitzcuintle que conduzca a El Bigotón a su propia muerte competitiva en este torneo.

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LOS ÁNGELES -- Paco Jémez ya no propugna por su proyecto, propugna por su salario. El aún técnico de Cruz Azul asegura que él no renunciará. Y no es un tema de fe, es un tema mercantilista.

La diferencia entre ponerle firma a su fracaso o que se la ponga la directiva en el patíbulo, son dos millones de dólares de finiquito. Paco Jémez no renuncia a su fondo de retiro. Sabe que con esa cifra podría retirarse en España a seguir hundiendo barquitos en el descenso.

Lo tiene claro: la bancarrota deportiva de sus eventuales contratistas le importa tanto como la bancarrota de su dignidad. Las memorias sobre sus fracasos tendrán Alzheimer, pero su cuenta bancaria no.

Tampoco acepta el cliché de fracaso. Como todo un triunfalista de la verborrea, Jémez se olvida que fracaso es la definición estricta de un objetivo que no se cumple. Y La Máquina descarriló este martes ante Morelia en su meta de ser finalista, al menos, del cáliz de segunda mano de la Copa Mx.

Paco Jémez
Getty Images

De acuerdo a su curriculum vitae, páginas negras de lutos ajenos, el fracaso se convierte en la onomatopeya de Jémez. Es decir, es un inventario de autopsias.

A este médico forense de su propio crimen, en Cruz Azul, sólo le faltó agregar el exculpatorio cínico: "Errare humanum est". Cierto, errar es de humanos, pero cobrar hasta una indemnización por ello, es una compensación al crimen flagrante.

Con la nueva humillación para Cruz Azul, y su doliente, maltratada y vejada afición, Jémez, con su renuncia bajo llave en el cofre del descaro, y negando el despiadado fracaso, encima, cuñando palabras de escapista, asegura que "el futbol ha sido cruel con nosotros", y defiende a sus jugadores afirmando "que esta noche pusieron güevos", ante el equipo de relevo de Morelia.

La Real Academia del Lenguaje Apócrifo debe agradecerle a este entrenador español la glorificación del verbo cruzazulear, que ahora con ese ceceo castizo suena con tanta ternura que Cri-Cri le habría compuesto una canción de cuna. Así, ceceadito, no suena a tragedia, sino a arrullo. Vamos, inténtelo...

Como sea en el Titanic del Hazmerreír, Paco Jémez, Billy Álvarez, Cruz Azul entero, han trepado contra su voluntad a la abnegada, sufrida afición cementera, que, masoquista o infelizmente tonta, aún cree que ir al estadio a ulular ese "aaaaazul", es un acto de solidaridad, y no un cato patético de complicidad solapando el desastre. La tenurita en tono pastel celeste.

Cruz Azul
Imago7

Si la Copa Mx podía haber sido apenas una aventura consoladora, si era como poner chiqueadores en la frente del agonizante, la Liguilla sigue siendo territorio vedado para Cruz Azul. Hasta soñar con la Liguilla se convierte en un acto pecaminoso en La Noria.

Si lo que han hecho Jémez, su plantilla y su directiva, es tratar de reconfortar a sus seguidores, han sido tan sutiles como consolar a un leproso acariciándolo con una lija del cero remojada en ácido sulfúrico.

En un acto generoso, envuelto para regalo, con una réplica del corazón de los cruzazulinos, 20 años ajado por la desdicha, le envío a Jémez y a Cruz Azul entero un pensamiento de Tomás Alva Edison.

"No he fracasado. He encontrado 10 mil soluciones que no funcionan", escribió en 1884 mientras depuraba los primeros quinetoscopios que maravillarían al mundo.

¿Cuántas más miles de soluciones que no funcionan Paco Jémez?

¿Cuántas más miles de soluciones que no funcionan Billy Álvarez?

¿Cuántas más miles de soluciones que no funcionan Carlos Hurtado?

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LOS ÁNGELES -- Pompilio Páez sacó del cementerio de los oprobios del futbolista mexicano un pestilente cadáver: su abotagamiento espiritual. El discreto encanto de la burguesía, con los permisos de Luis Buñuel.

El auxiliar de Juan Carlos Osorio no descubrió la vacuna contra, por ejemplo, las rotaciones, pero sí retrajo y sustrajo, un tema que incomoda al futbolista mexicano: su proclividad al aburguesamiento en ese pent-house que es su jaula de oro.

Quien será el laboratorista del Tri-B para la Copa Oro, mientras regresan los cruzados tricolores de su gesta por Rusia en la Copa Confederaciones, recalcó la falta de osadía y codicia profesional del jugador mexicano por irrumpir en los mercados de Europa.

"Aquí (en México) ganan muy bien, y aquí se quedan", reflexionaba Pompilio Páez en charla con Destino Futbol de ESPNDeportes Radio.

No es muy diplomático de su parte. Sobre todo, porque en junio deberá empezar a trabajar con el pelotón a que Osorio margina de la Confederaciones, para tratar de convencerlos que la Copa Oro es importante.

Él, Pompilio, será el técnico interino de, usando sus reflexiones, la selección de los aburguesados de la Liga MX. De los que no arriesgan su comodidad millonaria para experimentar en los hostiles desafíos europeos.

Insisto, esa elección acomodaticia de vida existe en el jugador mexicano, pero, quede claro, tiene todo el derecho a marcar sus prioridades: familia, terruño, querencia, comida, amigos...

La Rosa de los Vientos de la mayoría de los futbolistas mexicanos no apunta temerariamente a la reconquista, ni a la itinerancia de los retos. Su Edén, su zona de confort es exquisitamente seductora. La prosperidad se convierte en aburguesamiento. Fama y fortuna.

Aseguraba Octavio Paz que "la resignación (hermana pobre del conformismo) es una de nuestras virtudes populares. Más que el brillo de la victoria (a los mexicanos) nos conmueve la entereza ante la adversidad".

Una sustentación del mismo Paz, cuando establecía que el mexicano, en general, teme más a la victoria que a la derrota. Sin arrepentimiento citaría después: "Un poeta me dijo algo divertido: que yo había escrito una elegante mentada de madre contra los mexicanos (Vuelta a El laberinto de la soledad)". Él bien sabía que la verdad, cuando hiere, es más verdad.

Plagiando el término de Alberto Cortez, el futbolista mexicano está predispuesto y programado con las "instrucciones para ser un pequeño burgués".

México es un generador de buenos futbolistas. En algunos casos, de excepcionales futbolistas. Sin embargo, la referencia más puntual se apega a dos jugadores que más allá de su talento exhibieron una combatividad admirable, una beligerancia absoluta ante la adversidad. Sí, los nombres saltan: Hugo Sánchez y Rafa Márquez.

En atmósferas de tremendismo mediático como hoy, Hugo emparejaría la trascendencia de las hazañas de Cristiano Ronaldo, porque además ambos son hijos de un trabajo de depuración diaria, indeclinable. Portentoso rematador, el mexicano le agregaba acrobacias asesinas y su eficiencia en los cobros directos fue superior a la del portugués.

Más allá del protagonismo de Piqué, en el Barcelona aún andan sus buscadores de talento con una Lámpara de Diógenes tratando de encontrar a un nuevo Rafa Márquez, cuya carrera, para la exigencia de ese club y de esa Liga, la clausuraron antes su lesiones.

"Mi alimentación, mi fortaleza, el trabajo físico de niño, no me preparban para ello", reconocía un día el eterno capitán del Tri.

En 1986, después del Mundial, el Brest de Francia quiso llevarse a Fernando Quirarte y a Félix Cruz. Ambos sacaron cuentas y entendieron que la bonanza financiera estaba en casa. Les contestaron a los galos: "Un tiens vaut mieux que deux tu l'auras", algo así como "más vale pájaro en mano que ciento volando".

A muchos deberá parecerles exagerado, pero la versión más cercana en México a la leyenda de El Salvador, Mágico González, es sin duda Cuauhtémoc Blanco, con esa sagacidad futbolera magnífica, además de la maestría en los tiros libres, más allá del mismo molde de mujeriegos, parranderos y... juguetones. El Mágico es aún el eje del museo de memorias del Cádiz. El Cuauh, alcalde de Cuernavaca.

Citemos un caso reciente. Matías Almeyda vio al Gullit Peña y creyó que había encontrado su propia versión mexicana, pero con gol. Creyó que había encontrado al Almeyda que necesitaba en Chivas. Un jugador con potencia, fuerza en la marca, dinamismo, y capaz de recuperar y generar. Pero, desilusión absoluta. Al Gullit lo gobiernan "su vientre y su sexo".

El Pelado apenas anotó seis goles en 315 juegos, pero fue un símbolo en Lazio y River Plate. La diferencia es que el mexicano ya era millonario, a la edad en que Almeyda apenas pujaba en el Sevilla por las grandes bolsas. Almeyda nunca fue un fuera de serie, pero sí imprescindible. Gullit podría haberlo sido, pero se ha vuelto prescindible.

Hay quienes comparan a Benjamín Galindo con el máximo ídolo de Maradona: Ricardo Bochini. Pero el mexicano marcaba gol con las dos piernas y su disparo era un prodigio de artillería. El argentino era deseado fervorosamente en Europa, pero él nunca quiso emigrar. Galindo sólo quiso desfilar por clubes mexicanos, porque al ser transferido de Tampico-Madero a Chivas, como una carambola política, pasó a convertirse en el jugador mejor pagado de México.

Mientras los casos de todos, absolutamente todos, los que hoy batallan en Europa merecen el reconocimiento por sus afanes personales, aunque a la selección a veces le queden en deuda, lo cierto es que hubo algunos antes que decidieron renunciar espiritualmente antes que futbolísticamente.

Manuel Negrete era un jugador con todas las condiciones para liderar al Sporting de Lisboa, y Luis Flores en el Sporting de Gijón. Pudieron, debieron, pero no quisieron.

Y como casos ejemplares, puede citarse a Pável Pardo, Ricardo Osorio, Carlos Salcido, Maza Rodríguez, sin olvidar a un Luis García en el Atlético de Madrid, y quien incluso habría podido mantenerse un par de años más. Y en México ha habido otros con facultades similares a ellos, pero...

¿Alguien duda sobre la calidad de García Aspe, Luis Hernández, quienes experimentaron en River y Boca, sacrificando hasta la mitad de su salario? Ambos habrían sido exitosos protagonistas en ligas europeas... pero a mitad de sueldo.

Alguna vez Daniel El Ruso Brailowsky explicaba que "para el argentino el futbol es su proyecto de vida, sabe que no va a poder ser otra cosa, y se dedica a ello totalmente, mientras algunos jugadores mexicanos terminan viendo el futbol sólo como un hobby".

Como estos casos, abundan. Y es entendible para el jugador, un obrero privilegiado de corta vida. A ellos y a sus familiares les parecería un suicidio financiero generacional ir a Europa a ganar la mitad de su salario en México.

Es muy fácil tacharlos de conformistas, cuestionando sus preocupaciones y sus prioridades salariales, familiares, financieras y afectivas.

Decía Alfred Adler que para atreverse a juzgar a alguien "hay que mirar con los ojos del otro, escuchar con los ojos del otro y sentir con el corazón del otro".

Porque más allá de que Pompilio Páez hoy retraiga, hoy invoque, una vieja discusión, lo cierto es que en la lista de prioridades del futbolista mexicano no está el futbol mexicano como ente, regido además por una FMF que hace todos los esfuerzos por esclavizar y menospreciar a su propio jugador.

Merece el futbol mexicano y su federación que el jugador nativo se inmole por ellos. Absolutamente no, en ese terreno de inequidad y traición que existe.

Recordemos el caso de Cuauhtémoc Blanco cuando lo fracturó Ansil Elcock: "La FMF nunca me llamó, nunca me preguntó cómo estaba, si necesitaba algo, si podía volver a jugar. Me lesioné jugando por la selección, y me olvidó".

Y aún así, pese a ese abandono que sufrió, tras ser determinante en clasificarse al Mundial de 2002, Cuauhtémoc regresó a recibir la traición de Ricardo LaVolpe, pero, todavía a rescatar al Tri para el Mundial de Sudáfrica.

Y aquí, para vulgarizar una conclusión, el futbolista mexicano bien puede puntualizar "que se haga la voluntad de Dios en los bueyes de mi compadre".

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